1: La mujer, el perro y el hombre

Para leer la versión en inglés, ir a: https://valkanae.wordpress.com

“Vero, soy afortunado de poder mantener parte de esta relación sin necesitar lo que la mayoría necesita, sentir. La cosa es que, ya no me nace abrazarte, o besarte o estar contigo a veces. Tengo tantas cosas en mi cabeza ahora que la relación ha pasado aun segundo plano”.

En cierta medida yo estaba acostumbrada a escuchar esas palabras, aun cuando me hicieran mucho daño. Estaba acostumbrada al “tengo tantas cosas en mi cabeza” porque eran “esas cosas” las que a veces le hacían imposible conciliar el sueño o lo obligaban a dormir más de lo normal. “Esas cosas” transitaban desde su cabeza y terminaban posándose en su mirada, haciéndola lejana y poco emotiva. “Esas cosas” congelaban su creatividad cuando estudiaba y se encargaban de sabotear y desechar los sueños y las pasiones que lo llevaban a reprobar dos o tres materias en la universidad y a debilitar su ya frágil autoestima. Éstas ya se habían llevado sus comentarios ingeniosos, sus sarcasmos, su humor y su necesidad de socializar con la mayoría de los que lo rodeaban pero, fundamentalmente, en su relación conmigo. Constantemente me hallaba cediendo ante sus cambios de humor y, de vez en vez, tenía que desistir de detalles y cariños que atesoraba de la relación debido a su estado de ánimo.

Me enfrenté a la gravedad del problema cuando fue el afecto la carta que debía apostar. Si ya no nos podíamos comunicar como antes, si ya no podía “subirle el ánimo” como antes y si cada vez más fue haciéndome de lado de sus rutinas cotidianas, el contacto físico era uno de los pocos espacios en lo que yo habría tratado de mantener nuestra relación. Ahora, a un paso de reprobar su tesis, la sensación de estar completamente desconectada de él se hizo presente. Eduardo estaba físicamente a mi lado, si, pero debo aclarar que ni su mente ni sus sentimientos estaban conmigo. Espere a que él volviera “en sí” y se disculpara de alguna manera, como a veces pasaba después de una semana o dos pero en este caso su ausencia sólo se hizo más fuerte y terminó con lo que había sido una unión de dos años y medio…

Cuando se escribe sobre la historia de una relación de la cual todavía las cicatrices y los recuerdos están frescos, es muy fácil caer en el sentimentalismo excesivo: en describir al personaje que se fue de tu vida como si se hablara de un Príncipe azul o un Drácula de tus emociones. Pudo haber sido todo eso en algún momento del amorío, si, pero finalmente es un ser humano como todos que encarna sus falencias y tiene lados oscuros. No obstante, es diferente cuando sumado a dicho humano que inspira la historia existe un ente que es tan externo y tan intrínseco a él como lo es una enfermedad mental. Winston Churchill llamó a la depresión su “Perro negro”. No estoy muy segura el por qué Winston Churchill pudo haberle adjudicado su depresión a un animal como el perro pero, quizás, está relacionada a la idea del perro como un ser que depende de su amo para existir y desarrollarse pero que finalmente es un ser independiente de él. Entre más grande el perro, más responsabilidad y trabajo requerirá y más aun cuando es un ente fiel que te levanta todas las mañanas y se acuesta contigo todas las noches. Y si bien se dice que en las relaciones no sólo se termina compartiendo con el novi@ y su familia, en el caso de una enfermedad mental, el Perro también va incluido en la ecuación.

A nivel global, la depresión es uno de los trastornos anímicos más comunes. La mayoría de los seres humanos tienen algún episodio de depresión causado por circunstancias ajenas o internas del sujeto como lo es un duelo, un fracaso personal o laboral, etc. Sin embargo, es diferente cuando la depresión es un asunto constante o repetitivo en la vida de un individuo aún cuando su ambiente o circunstancias son favorables. A veces, es la antesala a otros trastornos mentales de diferente envergadura como la bipolaridad o la esquizofrenia. Por eso es distinto cuando el Perro se visibiliza solamente en algún punto de tu vida a cuando lo ves creciendo y asomándose con mayor frecuencia a lo largo de todas tus experiencias de vida. En este caso, no fue que el Perro se convirtiera en el acompañante de mi primer novio a través de nuestra relación, es algo que él me hizo saber cuando estábamos saliendo y que asumimos (¿?) como parte de ella desde el comienzo.

Por más de que quisiera obviarlo, éramos tres en una relación de dos. Contando con el detalle de que el tercero era, en muchas ocasiones, el segundo  también o que a veces no éramos ni siquiera dos sino sólo había espacio para uno: el Perro. Poco a poco fui observando como lo que yo pensaba que era un cachorro, había tomado la forma de un perro adulto y que era cada vez más difícil de ignorar o desconocer. Éste se creía cada vez más digno de exigir atención, cuidados y espacio que no sólo desarticularon los vínculos emocionales con el que fue mi pareja, sino que también llenaron de ausencias emocionales y espacios vacíos el “nosotros” que terminó con un “yo” cansado.

No lo estoy culpando a él por toda la tormenta que trajo su Perro. Esta historia no se alimenta ni del rencor ni de la culpabilidad como herramienta de inspiración. Él siempre fue sincero, trató de advertirme y mantenerme fuera de sus crisis (aún al tomar antidepresivos) porque él afirmaba que “él necesitaba pelear esto solo”. Estoy completamente segura ahora que tener un trastorno psiquiátrico no es una tarea fácil para el sujeto que la tiene y de cierta forma, yo hice más difícil el mantener su precario balance mental. Aun cuando el intentó tomar todas las precauciones posibles para que el Perro no me mordiera, si me hizo mucho daño y yo confundida e insegura de cómo manejar su depresión, no encontré mucha ayuda en profesionales o en libros. Simplemente peleé tercamente por continuar en una relación porque quise creer que podríamos volver a sonreír y amar el uno al otro como lo hicimos aquellas semanas, o meses, en los que el Perro no se presentaba en nuestra vida.

Son entonces, esos espacios vacíos y esas ausencias las que yo quiero narrar. No sólo porque es una forma en la que escribir permite plasmar a la persona en un lugar ajeno a tu memoria sino también sirve para darle sentido a tu experiencia, que es tan similar a todas aquellas personas que tienen un amor o un esposo que sufre de depresión. Estoy acá escribiendo el lado de la historia que rodea al Perro pero que se mantiene en silencio, excluido y con miedo de contarle a sus seres queridos que la depresión también hace parte de nuestras rutinas ahora. Y más que nada, escribo mi historia para enfatizar en que aun cuando queramos apoyar y ayudar a la persona que sufre, podemos acabar arriesgando nuestra estabilidad emocional de paso. Claro que la depresión clínica puede sobrepasarse  más fácilmente si hay un ambiente familiar amoroso y estable pero también es una travesía individual que la persona con depresión debe asumir con seriedad y compromiso. Aún cuando eso signifique que no puedan seguir más a nuestro lado como pareja.

 

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