3: Cuando el Perro le ladra a la intimidad

Para leer la versión en inglés, ir a: https://valkanae.wordpress.com

Su rechazo a cualquier forma de intimidad me llenaba de un dolor oculto.  Lo sentía cada vez más fuerte, esperando a que quizás, en algunas noches, pudiera disolverse entre mis llantos nocturnos. No se debía solamente a que la sexualidad significaba para mí una forma de asegurar una profunda conexión espiritual y mental con él. También me garantizaba que el Perro estaba manteniéndose a la raya por un momento y que ese era un espacio de nuestra relación que él no podía controlar ni apagar.

Pero empezó a apagarlo. Gradual y dolorosamente.

Al principio, su mente no estaba siempre conmigo pero sus manos mantenían las mías tibias, entrelazadas en un espacio personal en donde nuestro besos y nuestros abrazos estaban llenos de éxtasis. Escribí y escribí tratando de inmortalizar lo que para mí era un instante perfecto en donde habíamos triunfado sobre un “enemigo” invisible:

 16/06/2012

Ayer, nuestros cuerpos y nuestras almas parecían dispuestas a ceder ante el capricho de nuestras más profundas querencias, atrevidos y expuestos, sin ninguna aprensión por el mañana.

Te entrelacé entre mis piernas mientras nuestras caricias se expandían y se disolvían en la punta de nuestros dedos, cada vez más cerca de romper con la ansiedad de nuestras restricciones. Me besaste el cuello y en el dejaste el rastro de tu espíritu en el aliento que traspasaba el tacto excitado de nuestros labios.

 Una y otra vez, una y otra vez, nuestras miradas se cruzaron mientras tus manos me presionaban con más fuerza hacia tu cuerpo y encontré nuestros ojos atorarse con emoción entre las cobijas y el suelo de mármol. Indeleble, tu abrazo me acogía con fuerza y después me entretenía en el respirar agitado que resonaba en nuestros oídos.

Ya no era solamente la unión de dos figuras, era la mezcla esporádica e intensa de dos humores, dos sabores y dos texturas. Era un festival de luz entre la penumbra que se deslizaba rítmicamente en nuestros cuerpos. La suave pero deseosa brusquedad de tu cuerpo en mí, la necesidad de buscarnos y encontrarnos incesantemente en el silencio de la sala que nos observaba…todo eso, definió la extensión de nuestro vínculo.”

Y un año y medio después, cuando ya doce cajas de antidepresivos Lexapro habían sido absorbidos y desechados de su cuerpo pero su depresión parecía volverse cada vez más intensa y más larga, mi diario se encontraba lleno de citas y comentarios del diario de Frida Kahlo:

“20/08/2013

Diego:

Verdad es, muy grande, que yo no quisiera, ni hallar, ni dormir, ni oír, ni querer.

Sentirme encerrada, sin miedo a la sangre, sin tiempo ni magia, dentro de tu mismo miedo, y dentro de tu gran angustia, y en el mismo ruido de tu corazón. Toda esta locura, si te la pidiera, yo sé que sería, para ti silencio, sólo turbación.

(…)

Pintarte quisiera, pero no hay colores, por haberlos tantos en mi confusión, la forma concreta de mi gran amor”

—-

13/04/2014

“La distancia de Eduardo causa estragos en mi corazón. Si él ha empezado a dejarme poco a poco, ¿no es mejor que yo empiece a planear una forma de viajar lejos de acá? Como están las cosas, pienso un día que no podíamos estar más cerca pero, al siguiente día,  se encuentra emocionalmente millas y millas más lejos de mí…”

Cuando decidíamos estar juntos, el parecía “estar dispuesto” pero cuando me besaba, su lejanía era tal que podía su ausencia permanecer en mis labios mucho después de quedar dormidos. Su cuerpo parecía atrapar el mío, sus pecho vibraba y sus manos me acariciaban pero ya no era un “festival de luces”

Porque sus ojos estaban vacíos.

Vacíos de emociones,

Vacíos de presencia,

Vacíos de conexión.

Yo los observaba…y veía a al vacío mirándome.

Entonces, las noches y en los días que teníamos la oportunidad de estar juntos empezaron a ser cada vez más escasos. Luego, sus manos ya no podían mantener las mías tibias. Él se dejaba llevar a un estado total de desconexión con lo que lo rodeaba y aquellos abrazos que él tanto buscaba, se convirtieron en una memoria distante.

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Sin embargo, no era solo nuestra intimidad la que se había roto. Su voz, al cantar, ya no sonaba emocionada sino hueca. El Perro lo estaba convirtiendo en un completo extraño, para mí, y para sí mismo. A veces su voz me aseguraba que él no estaba mal con la idea de no querer ya escuchar música, o escribir, o salir. Era normal para él, me decía, quizás por los efectos secundarios que los anti-depresivos habían causado en él. Aún así, algo me decía que su anhedonia era una reacción psicológica que él estaba teniendo porque no podía soportar el hecho de que estaba muy cerca de reprobar la tesis de nuevo.

Lo intentamos todo. La red estaba llena de artículos que hablaban de 5, 8, 10 ó 15 maneras para “condimentar”, “pelear”, “atravesar” y “superar” la depresión en la cama pero todos ellos terminaban con una conclusión: Tú puedes reducir los efectos secundarios de una baja libido, si puedes, pero hasta que no llegues a la raíz de tu depresión por medio del tratamiento, éste no será resuelto.

Y de nuevo, todo dependía de él: el Perro.

La pelea que yo creía que podíamos ganar a manos del Deseo, el opuesto irreconciliable del Perro, se convirtió en algo distante e inalcanzable cuando una noche, después de que finalmente pude expresarle mi dolor de no poder estar con él, Eduardo me respondió abruptamente:

“Es como si mi cerebro fuera un computador y todos los archivos relacionados con las emociones y con el “tener necesidades” hubieran sido borrados ”, pausó como tratando de solucionar algo en el silencio, “y he tratado de encontrarlos pero ya no están ahí. No están”.

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